Escritos

Fríamente Calculado y que la virgen me lo acompañe

Detrás de unas gafas de aumento, esas “culo de botella” la señora Rosalba mostró su preocupación por mi, se despidió mientras se mordía con los dientes de arriba el labio inferior de su boca y con una voz medio gangosa me dijo: ¡Que la virgen me lo acompañe! A veces es mejor no preguntar lo que se sabe, es una terquedad innecesaria y hasta tonta, de querer disimular el miedo.

Preciosura Alias Caquetá

Carta a mi madre:
Caquetá me enseñó a mirar arriba y abajo, diferente al mal acostumbrado horizonte de una ciudad como Bogotá. Arriba, mientras voy en la bicicleta, busco formas en las nubes, hace poco vi un dragón, una tortuga y un león. Abajo, me detengo a ver mariposas de todos los colores y también, el cruce de cristalinos ríos y cascadas, porque si algo tiene esta región de Colombia, es agua limpia y fresca que cae de la montaña.

Atravesando el Trampolín de la Biodiversidad.

Estoy recordado que las gafas oscuras no son solo para el sol. Pasando el Humedal San José del Chunga, en Sibundouy, un zancudo ha perdido su vida contra mi ojo izquierdo. Debo suspender mi marcha, poner pie en tierra, y retirarme el pequeño insecto que agoniza en mi lagrimal. La molestia es intensa, un par de kilómetros adelante me obliga a detenerme nuevamente en San Francisco. Busco en mis alforjas una gotas oftalmológicas que apacigüen el sensación de tener aún algo adentro. Quizá es el alma del zancudo, revolcándose en mi vista, por los pecados que ha cometido la noche anterior develando a alguien.