A las 6:45 de la mañana, sobre las sabanas revolcadas del hotel donde había pasado la noche de ese 2 junio, el bip bip del celular alertó con un mensaje la presencia de un puma en la zona. Harvy quien conducía su camioneta en sentido contrario al destino que yo marchaba, me ha presagiado que me alcanzará, me comerá vivo en la subida en menos de una hora.

Debo darme prisa. Empaco todo tan rápido como puedo, tengo afán de salir a la carretera, quiero ver al famoso puma, ese del que todos locales hablan. Dicen que lo han visto rugir en esta zona una y otra vez al lado del Río Verde, arañando las cuestas, destrozando la humanidad de quien se atreven correr a su lado en el Balcón de la Virgen.

La mañana es soleada, pero fría, muy fría. Los mocos se me escurren de a poco. En la zona la producción de lácteos y derivados, es una tradición. Fuera de las casas están las pimpinas de aluminio llenas de leche recién ordeñada, pronto el carruaje pasara por ellas.

En la carretera,  me lleno de valentía para esperar el enardecido encuentro. Dicen que pesa algo menos de 60 kilos, a eso se debe en parte, su habilidad para correr tan rápido en estas tierras tan erizadas.

El paso lento que llevo sobre mi caballito de 39 kilos, es musicalizado por cuatro histriones:  el sonido del agua estrellándose en las rocas del Rio Verde; el  brusco movimiento de las ramas que provoca el viento;  el “cac” “cac” de un ave desconocida; y por su puesto, mi excitada respiración. Ha pasado una hora y media desde que salí a la aventura, y el puma no cruza mi camino, quizá a él también le hablaron de mi. Le dijeron que mi caballito tiene 88 años de vida, y espero le hayan  advertido del sobrepeso, así tendrá un poco de piedad en la pendiente.

No puedo creer lo que veo a mi derecha. Algunos lo llaman La Nariz del Diablo, otros lo conocen como  el Balcón de la Virgen. Cualquiera de los dos es oportuno. El primero por los madrazos que uno puede llegar a salivar, y el segundo, por las bendiciones que uno se echará para coronar.

Poco antes de las diez, un señor bigotón aparece a un costado del camino lavando las ruedas de una mula de cuatro ejes. Es mi oportunidad para saber a que me enfrento, le hago tres preguntas: la primera, por su puesto, si ha visto al puma; la segunda, cuando me podría tardar en subir la erguida montaña; y la tercera, dónde podía comer algo pues mi estómago ya estaba rugiendo más que el puma  hace dos años, en aquella etapa 18 del Tour.

Sus respuestas son directas y resalto muy precias: no lo he visto, no sé,  ahí más «adelantico». Una vez tengo total certeza de las dudas que me apenaban ¡Que empiece la paridera¡ uno dos, un dos, un dos…  repetía en mi cabeza, mientras sorteo los pliegues del “balcón del diablo” o como se llame este repecho, pues no se si rezar o madrear, solo espero que una planada le de fin a esta inmolación muscular.

Al lado izquierdo apareció el monte Gualcalá, aunque el sobrenombre me gusta más:“ el dedo de Dios” y aunque nadie sepa qué dedo es, creo que es el medio: la montaña me está haciendo pistola, “nanay cucas” el puma no aparece, el restaurante tampoco y la cuesta no termina.

Más adelante, en Cambu, encuentro la solución a una de mis angustias. En Clarabella comí más de la cuenta. Al menos si debía seguir escalando, que fuera con la barriga llena, ensillo el caballito y que vuelva el ritmo uno dos, un dos un dos…

En la siguiente curva pregunto por el Puma nuevamente a dos mujeres que caminan en sentido contrario a mi. Una de ellas asegura que hace unos días no lo ve, pero señalando con su mano izquierda apunta a la casa del puma. ¡es ahí, suba tantico y llega”

Si el puma no va a la montaña, la montaña va donde el puma. He encontrado la casa de su manada. Cuando subo la cuesta arrastrando por un corto camino aparece Yoco un canino Pomeranean  de color café, que no sabe si saludarme o morderme, que suerte que haya optado por la primera opción.

Al costa derecho, un hombre de 41 años, vestido de camiseta negra, jean y crocs, me invita a seguir un poco más. Me presento como el cazador furtivo del puma, le explico que desde hace unas horas he tratado de encontrarlo sin éxito alguno y le pregunto si sabe dónde puede estar metido.

  • El se fue para…

Haciendo una pausa, interrumpe su explicación. Es claro que aún no le inspiro confianza y determina que no es necesario que sepa para donde se ha ido el puma. Armando Rosero, es su nombre. Sus manos empuñan fuertemente un caminador, mientras da pasos cortos tratando de hacer un giro a su izquierda. En su dos piernas tiene sujetadas una prótesis ortopédica. Su manera de hablar con el acento típico de la región nariñense, es pausada y amable.

A la escena llega Jessica, la hija de Armando y sobrina del puma. Una joven de cabello negro recogido atrás, aún en pijama, de piel blanca y ojos claros.

  • Ve a traer la llaves.  Le ordena su padre.

Estoy a punto de entrar al cuarto donde están encerradas algunas presas  que el puma a traído en sus ataques letales en las montañas de Colombia y el mundo.

Mientras aguardo por las llaves, llega Damaris, la hermana del puma que he buscado  vanamente toda la mañana. En cada una de sus manos, carga  una bolsa blanca. Cuando la saludo, ella debe pasar de su mano derecha a la izquierda una de las bolsas para estrechar mi mano. En un tercer plano, Yoco inspecciona con su olfato mi caballito una y otra vez. Seguramente algo le debe oler a perro mojado, de pronto, las medias que cuelgan a un costado.

La puerta de madera color gris se ha abierto. Allí dentro reposan la mayoría de presas que el puma ha capturado durante más de dos décadas. El lugar parece un Santuario, incluso en un costado, hay un banca de madera parecida a la de una iglesia, seguido, hay dos sillas que me permiten sentarme un momento a contemplar el  pintoresco escenario del campeón.

Traté de contarlos, pero en la cifra cincuenta y punta, perdí la cuenta. Son medallas y trofeos, algunos en el suelo, otros colgados por todo el borde del cuarto,  los que hacen de este lugar para mi, el mejor premio de montaña de este día.

No hay duda, es un campeón, siempre lo fue. En la pared paralela a la entrada hay un retrato de sus padres. Podría durar horas allí leyendo cada reconocimiento. De repente, Damaris me invita a seguir a la mesa.

  • Venga acá, pero no grabe, apague eso y siéntese.

No sonó como una sugerencia, fue más bien una orden, Apagué mi cámara y la dejé sobre un mueble negro. Estoy sentado en una mesa redonda de madera, sin mantel. Sobre ella hay un ristra de cubiertos, una botella de gaseosa dos litros vacía, medio limón y un pequeño recipiente con sal. Al fondo, casi frente a mi, arde la leña de un horno artesanal, encima de este, tres ollas de aluminio aliñan algo para la cena. Un poco más a la derecha, esta el planchón del lavaplatos con seis compartimientos. Seguido  pequeña una estufa de gas sobre una mesa de madera y debajo de esta asoman tres plátanos, los cabellos verdes de una cebolla larga, y unos trozos de arrancha. Finalizando la escena, no podía faltar la nevera y el típico cuadro de la última cena de Jesús.

A la mesa llega un deliciosa sopa de avena, se nota que está recién sacada de la olla, el vapor sube y se pierde lentamente, al poco tiempo arriba el seco: un plato de pasta, arroz, papa, y ensalada . No sé como voy a hacer, no hace menos de media hora había llenado mi estómago en Clarabella, lo único que es claro para mi, es que no puedo dejar ni un solo grano en el plato. No lo debo hacer por agradecimiento y respeto.

Soplando las cucharadas de la sopa, Armando me cuenta sobre el accidente que lo dejó en condición de discapacidad. Fue un primero de enero, hace ya tres años, cuando un micro sueño sobre su moto le hizo perder el control. El golpe lo recibió en su columna afectando la médula. Desde ese entonces, dejó a un lado la ganadería y se dedica una y otra vez a hacer terapias en el patio de la casa, conservando la ilusión de algún día volver caminar.

Afuera en la puerta aguardan hambrientos Yoco junto a dos felinos. Como me hubiera gustado compartir un poco de comida con ellos, o estar cerca a ese amigo que todos tenemos, ese mismo que se come todo lo que uno deja, en mi caso es Alfredo. Pero no estaba, así que tuve que comerme hasta el último arroz. El día de mi juicio, sabrán allá arriba que no fue gula, siempre hubo agradecimiento y respeto por semejante detalle.  

Ardían, el nieto de Damaris y Armando, ha tomado mi cámara. Me pide que le explique como grabar, primero la teoría y luego la practica. En menos de nada, el pequeño está encima del lavadero y a través de la ventana trata de seguirle el vuelo a un pájaro. Como camarógrafo no le va tan bien como encima de la bicicleta, A sus cortos 6 años sueña con ser como el “Puma Atapuma”. Ya tiene una bicicleta, divide el tiempo entre estudio, tareas y entrenamiento. Cuando le pregunte que si quería ser ciclista me responde: – Yo ya soy ciclista. Todos en la mesa soltamos una carcajada. La elocuencia y propiedad con la que responde mis preguntas nos distrae a todos.

En la Foto: Armando Rosero – Andrés Zapata – El pequeño Adrían – Damaris Atapuma

Ha llegado la hora de continuar mi camino. La despedida es en el patio de la casa, desde donde se ve el dedo pulgar de Dios, haciendo el giño “todo bien”. Allí  Damaris graba un video donde yo saludo al Puma que nunca vi y me promete enviárselo de inmediato. Armando, sentado en la silla de ruedas,  estrecha su mano, le prometo que algún día volveré, a cambio, le pido que cuando eso pase, quiero verlo caminando. Digo Adiós al pequeño, pero él toma la bici y me advierte que me acompañará un kilometro cuesta arriba hasta el camino viejo.