Carta a mi madre: Caquetá me enseñó a mirar arriba y abajo, diferente al mal acostumbrado horizonte de una ciudad como Bogotá. Arriba, mientras voy en la bicicleta, busco formas en las nubes, hace poco vi un dragón, una tortuga y un león. Abajo, me detengo a ver mariposas de todos los colores y también, el cruce de cristalinos ríos y cascadas, porque si algo tiene esta región de Colombia, es agua limpia y fresca que cae de la montaña.

Carta a mi madre

Entré a Caquetá cruzando la Bota Caucana por la Troncal de la Selva. En Piamonte, Ramiro el señor que recordaré por su popular peluqueado “mompirri” ¿lo recuerdas? el mechón de pedro el escamoso; me contó que la construcción  – bueno, el intento de construirla­ –  fue un capricho del difunto Chávez para llevar cobalto y combustible desde Venezuela hasta Perú vadeando los llanos orientales y la espesa selva del sur de Colombia.

Muy cerca de Puerto Guzmán, un imponente caudal de agua, dividió la carretera en dos: era el Río Caquetá, que agitaba su caudal chispeado en la superficie cristalitos provocados por el reflejo de la luz del sol. Ese día, cruzamos al otro costado a bordo de un delfín: así se llamaba la Chalupa.

Los últimos días no ha parado de caer agua, el cielo es completamente gris. Pero aún así, el paisaje es hermoso. Bravucona, como encantadora ha sido la lluvia. Como que se le desgañotó el grifo a San Pedro, o quizá se fue a bailar San Juanero a algún pueblo de Huila, olvidando cerrar la llave. No hay ventilador que valga, los últimos cuatro días mi ropa amanece húmeda, no se seca bien; tampoco he conseguido secarla colgándola en la bicicleta, pero como te lo dije aquella tarde antes de iniciar esta aventura, no me voy a quejar, si lo hago, la lluvia o cualquier adversidad me tiñe de héroe, y ese no es el propósito de este viaje. Si no quería sentir frío o mojarme, quedarme en casa era una mejor opción.

¡boom! Una fuerte explosión se escuchó, fue el neumático trasero de la bicicleta que no aguantó más. No sabes lo difícil que es despichar cuando eres más barro que persona; más alforja que bicicleta. Pero no alcanzas a imaginar lo reparador que fue escuchar el canturreo de una bandada de Pericos Australianos dar instrucciones para despinchar desde el árbol.

¿Instrucciones? No, no creo. Tanto abucheo de los periquitos, tal vez, era para avisarme que la coraza se había rasgado. La  enmienda para este aprieto, la encontré en el botiquín. Usé esparadrapo textil para continuar mientras encuentro en algún pueblo una mejor solución.

La velocidad máxima registrada ese día fue de 8 kilómetros por hora. Pero sabes algo mamá, lo agradezco, ir lento me permitió observar los hermosos paisajes que tiene esta región. Al costado izquierdo, siempre veía la Cordillera Oriental, y al derecho, un valle verde de fincas, decorado con vacas que parecen estatuas. No se mueven.

En «Chiva» o «Mixto» rumbo a Florencia, Caquetá

Llegué a Florencia  montado en un “mixto” así le llaman a las Chivas acá. No fue pereza, tu sabes que prefiero pedalear a subirme en un carro para acortar el camino,  es solo que a pocos kilómetros de los Portales del Fragüa la rueda se estalló nuevamente, aún tengo paciencia para desmontar las alforjas, y reparar nuevamente la rueda, lo que no tengo es luz suficiente para hacerlo.

Caquetá me enseñó a mirar arriba y abajo, diferente al mal acostumbrado horizonte de una ciudad como Bogotá. Arriba, mientras voy en la bicicleta, busco formas en las nubes, hace poco vi un dragón, una tortuga y un león. Abajo, me detengo a ver mariposas de todos los colores y también, el cruce de cristalinos ríos y cascadas, porque si algo tiene esta región de Colombia, es agua limpia y fresca que cae de la montaña.

En Florencia fui a buscar una rueda 26-138 una medida poco comercial, o mejor dicho, especial como Zumbambica, que me obligó a caminar varias horas de taller en taller sin tener éxito, hasta la tienda del señor Luis Rodríguez Alias Lucho, el propietario de Ciclorodriguez. Una bicicleteria ubicada en el centro de la ciudad,  donde no solo encontré una medida que funcionara, también, encontré un nuevo amigo que me invitó a rodar en la noche hasta un lugar conocido como La Vara junto a un grupo de ciclismo de montaña. ¿Alguna vez pensaste que se podía rodar en el Caquetá de noche?

Aquella noche es inolvidable. La luna se veía completa y redondita, grande e iluminada. Su luz permitía ver la carretera. Los grillos desde la pradera y los sapos desde las charcas, fueron los encargados de musicalizar ese instante. El viento por su parte, me cacheteaba el rostro con algunas hojas que cayeron de los árboles. Pedaleamos rápido, por suerte todas las alforjas se quedaron en el hotel, y pude aguantar un poco el ritmo del pelotón.

Al día siguiente, con algo de dolor, pero con un bonito recuerdo abandoné Florencia. Me desplacé por una carretera amplia y asfaltada hasta Puerto Rico. En la mañana el sol fue el cómplice para secar la ropa que había amarrado a las alforjas: una camiseta, unas medias y unos calzoncillos. Me aseguré de hacerlo bien para que no salieran a volar en los rápidos  descensos; perder los “ventiunicos” calzoncillos que traje a este viaje, sería mucho derroche. Lo único que si salió a rodar por la carretera fue mi coraje y ánimo. Al costado derecho de la carretera el Centro Nacional De Memoria Histórica ha dispuesto por medio de unas vayas el  Museo Vial de Conflicto y Memoria del Caquetá. No son vayas promocionales donde hay tetas, culos, y ojos maquillados como las que vemos en Bogotá, son vayas donde aparecen como protagonistas las víctimas del conflicto.

Museo Vial Florencia – San Vicente Del Cagúan

Al igual que en Nariño y Putumayo los Caqueteños son los más interesados en reconocer, en cambiar y sobre todo en no repetir. En El Paujil, paré a hacer digestión física y emocional: que la bandeja con frijoles haga los suyo, de lo otro mi bicicleta y yo nos encargamos. Es impresionante como se preocupan por mi bienestar y además, se involucran en el viaje. Mamá  francamente no se si tu, o alguno de nuestra familia, tuviera la capacidad de sonreír después de tanta crueldad a la que esta zona del país se enfrentó.

Faltando poco para llegar a mi destino, estaba tomando un fotografía de unos peces que se ven en un riachuelo. Seguido, un taxi de color blanco se detuvo. De la ventana asoma un bigote con una persona atrás ¡tremendo bigote!. Me hace tres ofrecimientos en el siguiente orden: agua, herramienta o un aventón hasta Puerto Rico ¡tremenda amabilidad! Le expliqué mi intento fallido de retratar los peces en el agua y cada uno seguimos nuestro viaje, él apretando el acelerador, yo pedaleando un poco más afanado, la tregua con la lluvia estaba acabando.

Faltando 7 kilómetros para llegar, un aguacero no me dio tiempo de guardar la ropa y nuevamente se mojó. Sabes algo mamá, no sentí rabia, este viaje me ha enseñado a sonreír ante la adversidad y aceptar todo lo que pasa sin tanto colgandejo en la emoción negativa.

¡llegué a Puerto Rico!

Sobre la mesa de aluminio habían seis cervezas o negras – como las suelen llamar al sur del país– dos recién empezadas, una a medio llenar y las otras tres con solo el cuncho. Dos hombres son los denominados bebedores, uno de ellos es Fabián Alias Pachurro el administrador de la organización recreacional y deportiva conocida en todo Puerto Rico como “la cancha sintética Champion League” A ese lugar llegué escurriendo agua a chorros, con la excusa de escampar un poco, pero con la verdadera intensión de ver el partido de la selección Colombia contra Catar, que iniciaría en menos de una hora.

La invitación a seguir no dio espera. Alias Pachurro, agitó su mano para que me acercara a la mesa;  mientras su camarada Alias Mauro, acomodó una silla para que me sentara junto a ellos. Ante el ofrecimiento de una negra, rechacé excusándome en estar tomando medicamentos. Tu sabes que no bebo, si piso una tapa de cerveza quedo borracho.

Alias Pachurro que tenía un parecido físico a Silvestre Dangond, desde la mesa ordenó a su camarada Bedoya traer dos almuerzos. Al lugar fueron llegando varias personas que esperaban, al igual que yo, ver el partido en pantalla gigante. Huberney Alias Viejo Zorro. Una negra más sobre la mesa y la colección de cunchos en las botellas empezó a armarse.

Antes de empezar el partido, llegó a la mesa David Alias Bamba. Un caqueteño de 26 años, señalado como el responsable del arreglo y mantenimiento de las motos del municipio. Lo acompañaba su esposa y su hijo. Alias Bamba, no bebió, es decir, que todo lo que me dijera esa noche iba muy en serio. En el minuto 86 del partido  Duván Zapata, nos puso a celebrar la clasificación de la selección. Todos se pararon de la silla. A los pocos minutos de acabarse el encuentro futbolero, abandoné el lugar en busca de un hotel para pasar la noche. Las habitaciones con ventilador son maravillosas. Primero, porque son económicas, y segundo, porque puedo amarrar mis tenis toda la noche y amanecen completamente secos.

A las 7:31 de la noche, fui requerido en la cancha sintética por Alias bamba para presenciar el frente de guerra que protagonizaban Argentinos y Paraguayos. En el minuto 61 Alias Pachurro sacaba del bolsillo de su pantalón cincuenta mil pesos, apostándole a un borrachín, que Franco Armani, el arquero de la selección Argentina, tapaba un penalti que cobraba Derlis Gonzáles de Paraguay. Al final el borrachín no aceptó la apuesta (menos mal que no lo hizo) hubiera tenido que restar un par de negras sobre la mesa.

Al siguiente día, Alias Bamba consideró que si yo seguía pagando un hotel, era peligroso para mi economía, así ordenó mi trasladado a la casa de la señora Milena, su madre. En ese momento fui considerado prisionero de la incondicionalidad y amabilidad caqueteña. Bajo los cuidados y atención de la “Seño Milena” como yo la llamaba, padecí del flagelo de la alimentación y las atenciones como yo si fuese un miembro más de la familia.  ¿ahora entiendes por qué me demoré tanto en esta región de Colombia mamá?

En ocasiones no lograba entender  cómo estas personas sin conocerme, disponían tanto para que yo estuviera bien, Su trato fue más que cordial, fue y sin condiciones. “La Seño Milena” día a día se esforzó por mi bienestar: tiene sed, tiene hambre, pase a la mesa, ¿necesita lavar ropa? …

Conociendo Monte Cristo, Caquetá

Los días pasaron muy rápido, Alias Bamba y yo salíamos en su moto a conocer Puerto Rico, y algunas cascadas. En todas esas movilizaciones me presentó a algunos de sus camaradas, por ejemplo Alias Compadre Cemento, famoso por construir y remodelar las casas del pueblo; Alias Rata Mona, un chico que tuvo que abandonar La Policía después de diagnosticarle un problema en su corazón; Alias Come India, quien en días posteriores me abrió las puertas de su casa en Florencia; Alias Dangerous, un niño de unos 15 años que todo el pueblo conoce por sus ocurrencias y apariciones en todos los eventos del pueblo, no se pierde un trasteo.  Así una larga lista de Puertorriqueños como  pato cagao, cabeza de tamal, picoro, pingüino, mano peluda, cabeza de motor, mollejo…

Hoy me despedí de David Alias Bamba y su familia. Salí de Puerto Rico a paso lento, escurriendo lágrimas y sorbiendo mocos. Las despedidas son tristes, es como si uno pusiera el corazón en el dedo pequeño del pie y este se estrellara contra la pata de la cama. En mi caso, se ha estrellado con un hermoso departamento abarrotado de amabilidad.

Atentamente tu hijo.  

Posdata: En Agosto volveré a Caquetá. En otra carta te lo contaré…